Carlos Eduardo Rico nació –prácticamente- en las carpas. Desde muy niño conoció el universo de un escenario, durmió en las butacas, sintió a flor de piel las carcajadas del público y los aplausos. Creció como artista trashumante y recibió una palmada, una sonrisa, un consejo de los grandes carperos de todos los tiempos, con quienes llegó a compartir escenario: Borolas, Palillo, Harapos, Don Chicho (el Padre de los Comediantes), Resortes, Don Chema, Serapio…
Ahora, su ya amplia trayectoria en televisión, cine y radio, teatro, foros y centros nocturnos tanto de México como del extranjero, parecen esconder esas profundas raíces de su formación, pero él se encarga de recordar que no se deja deslumbrar por los grandes reflectores y que si bien ha pisado los grandes escenarios, su corazón siempre mira hacia arriba del telón de terciopelo y en su lugar recrea esa lona vieja, ese toldo carpero del pueblo que es la razón de su vida.
Otra de sus grandes pasiones es el futbol. ¿Y cuál el equipo de sus amores? Basta verlo salir en muchas de sus obras con la playera rojiblanca retando a los americanistas. No podría ser de otra manera, porque El Guadalajara, equipo mexicano por excelencia, es del pueblo, es la oncena que se identifica con las grandes masas, que tiene, sí, orgullo, pero un orgullo de dignidad. Y así es Carlos Eduardo Rico: orgulloso, temperamental, entrón, pero al mismo tiempo sensible, sencillo y apasionado, pero ¿quién del pueblo no es así? Por eso la gente se identifica con él. Es cierto, su carisma y su entrega se han ganado el corazón del público porque algo que nadie puede negar es que cada vez que sale a escena no se muestra a medias tintas, sale a entregar toda el alma, todo su ser, se diría que no se presenta a cubrir una actuación, sino que sale a derramar sudor, latidos, amor, emociones y risas.
Yo sí pago por ver ¿y tú?